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  • Tais Romero

O ofício do professor é aprender!


El oficio del maestro es aprender


En la escuela como en la vida, hay días nublados, en los que se tuerce el corazón a golpe de desastres, de inseguridades, o de errores solemnes...

Y días claritos, en los que se te espabila el alma sin poder evitarlo.

Voy a intentar aquí contar algunas historias chicas que me han pasado en las aulas recorridas a lo largo de estos años, para disfrutar otra vez con su recuerdo y para invitar a mis compañeros, los maestros de a pie, a reconocer como bueno este oficio nuestro tan vivo y tan cambiante, en el que uno puede gustar de escudriñar saberes, de acompañar cariños y reestrenar palabras... con los alumnos.

Mirando hacia atrás, lo primero que tendría que decir es que yo empecé a prepararme para ser maestra muy tempranito (y el tiempo, en estas cuestiones de los oficios, es muy importante...). Según me cuentan, recorría el pasillo de la escuela de mi madre, probando a dar lecciones a los muñecos, hasta que, metida en el engranaje de esa especie de escuela escalonada que organizaba ella (para tenernos ocupados a todos, creo), fui aprendiendo a manejarme con los demás niños en el juego continuo que suponía ser maestro y alumno simultáneamente. Allí aprendí a buscar mis propios recursos para explicar las cosas, a leer en voz alta y clara para que me entendieran y, atendieran, los más pequeños cuando les leía un cuento, a hacer “buena letra”, a gesticular teatralmente, a soportar ser la última para casi todo (tenía que dar ejemplo) y a aprovechar cualquier ocasión para soñar. Bueno..., también aprendí a reñir. Como se puede ver, todas ellas herramientas muy útiles para el trabajo que nos ocupa.


La primera vez que hice de maestra de verdad

Fue cuando tenía diecinueve años. Entré a trabajar en una unitaria con cuarenta y ocho niños y niñas entre los seis y los catorce años. Eran tantas las ganas que tenía de hacer las cosas a mi manera, que llené las pizarras de planes y de inventos, para que todos pudieran aprender mucho, enseñar un poco y pasarlo bien en compañía de los demás. Y ahí fue cuando me di mi primer tropezón con la realidad , que, sin embargo me enseñó algo importante ya que, huyendo de las exigencias absurdas de la dirección de la escuela, aprendí a resistir, y a enterrar mis deseos a pesar de las dificultades. En estas historias de aula no se puede dejar de incluir lo sucedido uno de aquellos días, que, por cierto, acabó de manera bastante sorprendente.

Eran las cuatro y media, la directora acababa de irse con los portazos, trompicones y advertencias agrias de siempre: que si han leído los pequeños, que si han hecho dictado los mayores, que cuantas veces he dicho que no se sienten en grupitos, que cómo es que hay juguetes en la clase, que qué es eso de que los mayores les cuenten cuentos a los pequeños.

Normalmente, cuando esto pasaba, se hacía un grueso silencio, yo me ponía muy colorada y se me apretaba un nudo en la garganta, que no me dejaba ni argumentar. Sin embargo, aquel día no era como los otros. Teníamos un plan. Un inaudito plan que nos comprometía en un secreto alegre a las tres alumnas mayores de la clase y a mí.

Lucía, Marta y Toñi quieren saber “de donde vienen los niños y todo eso”, y como en el colegio existía una prohibición expresa de hablar de sexualidad, les propuse venir a merendar a casa, y explicárselo con calma. Los padres estuvieron de acuerdo, por eso estábamos tan contentas.

Lo que ninguna de nosotras esperaba era que el plan acabara de esa manera. Después de la merienda y de la explicación, me puse de parto prematuramente, con lo cual las niñas tuvieron un acercamiento al temade lo más real y significativo. ¡Qué cosas!

La que se llevó un buen berrenchín fue la directora: “¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza!”, iba diciendo. Los demás en cambio, nos alegramos mucho. (Fue niña)


Han seguido otras escuelas

Y en cada una de ellas he podido aprender, entusiasmarme, divertirme, equivocarme, dudar... En casi todas he podido encontrar algún compañero con quien compartir la tarea, algún padre o madre con quienes pensar sobre la educación, algún niño o niña con quien asombrarme, a quienes admirar, a quien rodear de esperanza.

Y esas cosas te acompañan por dentro, te hacen más fácil la profesión, te llenan de deseos de seguir adelante.

Recuerdo vivamente a Isidro, un niño de nueve años, paralítico cerebral, cuando se cayó de la silla, al dar un brusco aspaviento, porque había oído que alguien me decía que no nos lo llevaríamos de excursión, ya que “se atragantaba demasiado al comer y eso era un problema”. No puedo olvidar cómo me miró, y cómo se hizo entender sin palabras, imprimiendo a su mirada toda la rabia, la impotencia, la demanda, la pena.

También recuerdo a Juani, una alumna de sesenta años, que lloró de alegría al conseguir leer el nombre de su calle, expresando con esa frase simbólica su entrada en la cultura: “¡Ya no soy ciega!”. Y a Rafa, el nieto de “la ermitaña” que se asombró al aprobar por primera vez un examen de lengua: “Ah!, pero si yo pensaba que era tonto...”

Recuerdo las reuniones de padres que organizaba mensualmente Alberto Barrios, amigo y maestro compañero, y que se convirtieron en un auténtico foro de reflexión conjunta con las familias. En una de ellas escuché decir a un padre este comentario difícil de olvidar: “¡Qué envidia me da mi hijo! Él puede estar aquí todos los días y hablar y aprender con los otros. Yo no tuve esa suerte; ésta es la primera escuela que piso en toda mi vida”.


Veo

Veo a los más pequeños jugar, preguntar, mirar, aprender. Los veo imitarse, hasta que se atreven a ser como son, hasta que deciden a mostrar que son distintos, hasta que se convencen de que son valiosos en su particularidad única. Los veo descubrir la vida poquito a poco, investigando cada gesto, cada interrogante, cada deseo. Los veo entrenarse en reconocer lo que sienten e ir aceptando lo que sienten los demás. Los veo, en fin empezar e recorrer su propio camino. Y me gusta el espectáculo.

Me veo a mí misma preparando materiales, discutiendo, observando al alimón con mis compañeros del momento... Me veo haciendo informes, calibrando cómo encarar una entrevista para lograr entenderme con los padres, preocupándome de por qué Alba aún juega sola, por qué Roberto apenas habla, por qué Juan se pasa el día pegando y molestando a los demás... Me veo pringada de pintura, de pastel y de risas. Me veo leyéndoles poesías, bailando con ellos, haciendo teatro... Alentando sus valiosas discusiones, como aquella de si era bueno o malo ser presumidos, o la de si se tiene que jugar con quien tú no quieres o te puedes separar...

Me veo también, en los tiempos nublos, con mis resistentes dificultades para aceptar no ser tan querida, tan imprescindible, tan escuchadora como quisiera... Me veo cabezota, llena de prisas, poniendo excusas para no tener que asumir mi propia ignorancia... Me veo rehuyendo el papel (necesario) de controladora, de señaladora de límites, de frustradora de deseos, de detectora de problemas...

Me veo calmando a Adriana que no quería morirse porque “eso está muy oscuro”, moderando la indignada asamblea que se quejaba de los desmanes de Pablo, escuchándole la rabia a Marta, celosa ante el nacimiento de su segundo hermano, riéndome al leer la carta que se escribió Manuel a sí mismo, y que decía escuetamente “Aupa Manuel”. Emocionándome al oír como se despedían Javi e Ignacio una de las últimas tardes de este curso pasado:


Ignacio: ―Voy a ir a un colegio con piscina imanizada.

Javi: ―Será imatizada.

Ignacio: ―Bueno, sí.

Javi: ―¡Ay!, pues yo me iría contigo a ese colegio.

Ignacio: ―Lo dices por la piscina, ¿verdad?

Javi: ―No, lo digo por ti.


Porque como decía Álvaro Cunqueiro, “cosas así sólo pasan en los grandes amores”.

Me veo, en fin, afectada de tantos afectos que discurren a mi alcance que no puedo por menos que reafirmarme en mi deseo de seguir en esa profesión llena de encuentros,de asombros y de curiosidades jugadas en comandita.


Un encuentro

El año pasado conocí a Tonucci. Con el encuentro, además de otras virtudes, obtuve la de rescatar de la inconsciencia un recuerdo que se me había perdido. Ocurrió al escucharle hablar del espacio que los niños necesitan y que casi nunca coincide con los grandes parques que suelen hacerse, llenos de jardincitos domesticados y de columpios repetidos hasta la saciedad..Él hablaba de esos pequeños lugares, medio inverosímiles, donde se meten los niños a jugar, a disfrutar de estar solos, a esconderse para asustar a los padres, a probar si les cabe la mano, la cabeza, o si caben enteros...

Y así, escuchándolo, me atravesó sorpresivamente el recuerdo del portal de mi abuela. Fresco, oscurito, discreto, desde donde se podía ver y oír casi todo lo que pasaba en la casa, y hasta en un tramo de calle.

A partir de ese día (y desde aquí se lo agradezco), me siento más cerca de los niños cuando se ponen de maniobraspara organizar una cabaña, para subirse a un árbol o para desaparecer en cualquier huequecito que se les ofrezca.

Un encuentro de afuera, que me puso en contacto con mi adentroproductivamente, placenteramente... Algo así me pasó con los tesoros, con los cromos, con las telas, y con tantas otras cosas...


Un asombro

Hace algún tiempo me llegaron unas fotocopias muy interesantes de parte de mi amiga Mercè, que es bibliotecaria. Se trataba de una entrevista a Eduardo Galeano que me hizo pensar inmediatamente en Javi, un niño de mi clase, de cinco años, al que los padres llaman Séneca por sus acertados razonamientos y que, cuando alguien le gusta, sentencia solemnemente que esa persona “dice verdad”.

En lengua guaraní, según contaba Galeano en los papeles aquellos, parece ser que “palabra” y “alma” se dicen de la misma manera ¿Sería Javi de aquellas tierras?, me preguntaba asombrada, y antes de que se me pasara ese calorcito que dan las cosas buenas y emocionantes, les envié a sus padres una nota con el recorte del texto:


Sabés que en lengua guaraní hay una expresión que en cierto modo resume lo que yo creo que es una ley del lenguaje y también de la vida? La palabra es Ñe’é. En guaraní, Ñe’é significa palabra, y también alma. Y para la cultura guaraní, quien miente la palabra, o quien la dilapida, está traicionando el alma. A mi me gustaría ser digno de definición tan perfecta.

(E. Galeano)


Y una curiosidad

Dando un curso en el centro de profesores de mi ciudad, se dio una de esas conversaciones curiosas e interesantes, en la que nota uno que se están compartiendo realmente las ideas y los sentimientos.

Un compañero decía que para él lo más importante en la vida era la “voluntad”, tener voluntad era la clave para avanzar las personas, tanto los niños como los mayores. Al preguntarle qué era para él la voluntad, dio una explicación, tipo “virtud teologal”, más en cuanto al tesón y al esfuerzo que en cuanto al deseo propiamente dicho. Yo recordé la etimología tan bonita de la palabra, de volo,querer, y ahí entramos en una serie de comentarios de todo el grupo sobre la importancia de tener ganas de hacer algo, de desear aprender, de ese querer que nace de la más pura curiosidad que llevamos todos dentro, y no de la simple puesta en marcha de un hábito, esfuerzo o demanda externa por hacer las cosas. De cómo el niño desea saber, y eso es lo que le mueve, y a lo que hay que dar paso. E incluso es lo que nos conmueve a nosotros, maestros, ―acompañantes―, y nos hace volver a aprender con ellos, a su lado en la andadera de reinventar, curioseando la realidad.

Cuando acabamos de hablar, estábamos muy contentos. Salimos a la calle sonrientes, entre bromas y charla incesante.

Qué fuerza tiene el deseo, pensé, y qué alegría convoca...


A lo largo del tiempo

Desde que empecé en este oficio ha ido cambiando mi modo de entender la educación. He ido bajando muchos escalones, tarimas, pedestales. He ido pasando por muchos miedos, dudas, inseguridades, errores. Cómo no, por infinitas pruebas, métodos, cursillos y debates. Y por el trabajo en solitario. Y en grupo. Y por lecturas y lecturas. Y por personas y personas.

Todo ello me ha llevado a acumular muchos recursos didácticos, mucha costumbre de estar en clase, muchos ejemplos y otras cosas más. Pero yo creo que ha sido el poner la oreja atenta y escuchar lo que dicen los niños lo que me ha dado la clave para saber cómo irme manejando en este momento. Así que, guiada por sus pequeñas voces, ahora entiendo la escuela como un sitio adonde vamos a aprender; donde compartimos el tiempo, el espacio y el afecto con los demás; donde siempre habrá alguien para sorprenderte, para emocionarte, para decirle al oído algún secreto magnífico.

Y lo demás... sólo es pedagogía. Ir probando y probando maneras de estar en la clase. Tantear qué va mejor o peor a la hora de plantear las tareas concretas. Cuestiones de forma, de método, de planificación, de librico.

Sin embargo, a mi modo de ver, lo importante es otra cosa. Si podemos mostrarnos como somos y contagiar a los niños algunas de nuestras apasionadas relaciones con los libros, las montañas, el saxofón, o el punto de cruz..., qué más dará si elegimos las letras grandes, o las chicas, los talleres integrales, o los rotativos, los papeles redondos, o de lunares...

Sin ir más lejos, a mi me gusta cantar, bailar, y recoger tesoros. Me gusta leer., escribir y preguntarme el porqué de las cosas. Me gusta la poesía, las cajas, estar con los amigos, el mar... Y reírme, y aprender, y jugar con los niños...

Y aunque no puedo demostrar que esto tenga que ver con el buen hacer de la profesión, estoy tan segura de ello que siempre que puedo propongo una escuela donde la gente hable, se relacione, comparta lo suyo, lo pase lo mejor posible y aprenda, en compañía de los demás.






Mari Carmen Díez Navarro

Maestra especialista en Educación Infantil

Psicopedagoga. Asesora a docentes. Escritora.

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